viernes, 24 de octubre de 2014

Allen Gingsberg

Últimamente me encuentro con la foto de Gingsberg por aquí y por allá, casi como aval de poetas que tratan de envolverse en su manto de santo de la absoluta derrota y la vida al límite. Son estos nuestros tiempos más triviales y a la vez más mansos, sin otro reto que vencer la gomaespuma del rutinario sucederse las castas de la llamada cultura, los circulitos de borreguil peloteo mutuo, vencer en definitiva la indiferencia y la falta de generosidad de una época poblada de medianías ponderadas en exceso.
Gingsberg es lo contrario. Un tipo que titula su obra definitiva y total como “Aullido” (Howl), no parece que vaya a hacer concesiones ni vaya a pedir permiso. Eso mola de Gingsberg. Las ganas de hacer saltar la banca, dar el pelotazo por el método más inadecuado, escribir estos demoledores poemas.

Bueno, pues así empieza Aullido, que no me atrevo a traducir, puesto que hay palabras que han evolucionado su significado a lo largo de las décadas.

"I saw the best minds of my generation destroyed by madness, starving hysterical naked,
dragging themselves through the negro streets at dawn looking for an angry fix,
angelheaded hipsters burning for the ancient heavenly connection to the starry dynamo in the machinery of nignt,
who poverty and tatters and hollow-eyed and high sat up smoking in the supernatural darkness of coldwater flats floating across the tops of cities contemplating jazz,
who bared their brains to Heaven under the El and saw Mohammedan angels staggering on tenement roofs illuminated,...".

Howl, 1956.

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