miércoles, 14 de octubre de 2015

Manuel Álvarez Ortega

De este enorme lazo que ha sido Cosmopoética, el festival celebrado en Córdoba, para una caja pequeña como es la poesía publicada actual, se han sacado algunas conclusiones interesantes. Una de ellas nos conduce a la obra de Manuel Álvarez Ortega, el poeta enfadado del Café Gijón, que Villena miraba con incomprensible conmiseración, observadas y sopesadas las obras de ambos.
No deja de ser estupenda su poesía, con poemas que buscaban una redondez tantas veces conseguida, en los que se respira emoción, imaginativa formalidad, deseo de conmover y ambición por lo verdadero. Pero hoy me voy a parar en una entrevista concedida a Francisco Ruiz Soriano y publicada originalmente en Revista de estudios literarios de la UCM en el año 2005.
De verdad que merece ser leída por completo, con atenta mirada, para comprender lo poco que hemos cambiado y la consistencia de éste nuestro país, España, y cómo funcionan las cosas. La voz de Manuel Álvarez Ortega es una firme maza que realiza dictámenes que deberían despertar la conciencia.

Unos pocos extractos:

“...Por mi parte, en tal circunstancia, debo decir que mi actitud, ante cualquier tipo de actividad pública, no está condicionada por ningún exilio interior, sino, simplemente, por mi deseo de no compartir ciertos gestos que considero deleznables ni participar en ese exhibicionismo obsceno del que hace gala hoy tanto poeta subalterno.”

“Nunca he tenido inclinación a conocer personalmente a los poetas. Para mí lo importante es el libro, no el que lo escribe.”

“Góngora, siempre lo he creído así, es el poeta de nuestra lengua, un venero que nunca se agota. Cualquiera de las Soledades, por ejemplo, a cada lectura, aparece como un poema distinto, con nuevos matices, nuevos registros.”

“Yo tengo una idea, y es que, por regla general, creo que las obras que más aplaude la gente, suelen ser las más anodinas, por no decir algo peor.”

“Los premios literarios, tan denostados, yo creo que para los jóvenes tienen importancia. Aparte de si son o no manipulados por los que los convocan o por los jurados, y algunos indudablemente lo son, es la fórmula que un joven desconocido tiene, si da en la diana, para publicar su libro.”

“La poesía, ¿sacrificio? No lo entiendo así. El sacrificio, sea en el sentido que sea, no enseña nada, en tal caso enseña su inutilidad en sí. ¿Mostrar la vida como herida? La vida, en la obra, hay que mostrarla tal como es o ha sido, con sus oscuridades y sus claridades. De otra manera sería como la representación de una mentira.”

“No, el poeta no es ningún mago ni ningún prestidigitador, no se saca nada de la manga ni transforma los pañuelos de seda en blancas palomas. El poeta está en el mundo, le suceden cosas, las mismas que a casi todos los hombres, pero él, que tiene una capacidad, una receptividad mayor, es capaz de explicarlo, cosa que a los demás le es imposible. Siento, por esta vez al menos, no compartir la idea con Mallarmé.”

“La verdad es que de los poetas de hoy tengo mediano conocimiento. Los libros que me llegan no son nada del otro mundo. Pienso, viendo sus textos, que no quieren salir -quizás tampoco puedan dada su preparación que adivino muy corta- de los ecos de los Claudios, los Brines o, lo que es peor, los Biedma, ejemplo integral éste de vaciedad lírica.”

Vaya. Aconsejo la lectura íntegra de esta intensa entrevista, de un hombre que ha superado los ochenta años y que nos hace reflexionar mucho sobre la vanidad propia, el oficio de escritor, la tradición, las modas... Vale su peso en oro.

Y ahora un poema del hombre:

VII

La puerta se abre a la pleamar.
Donde germina, tierra de nadie, el paraíso que otra sombra habitó.
La piedra señala el lugar.
La hora de un sueño que cede la herrumbre de otro sueño.
Oscura ladera del olvido.



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