miércoles, 9 de diciembre de 2015

UN RELATO: "AYUDA"

Cuando mi amigo Enrique estaba a punto de morir, pidió que me acercara al lado de la cama en la que yacía. Tenía leucemia y había estado luchando con ella durante dos años y, todos lo sabíamos, estaba a punto de morir.
Me cogió de la mano –algo que jamás había hecho en tantos años de amistad –y no quiso pedirme nada, sino que se limitó a decir: “Cuando esté allá arriba, buscaré la forma de ayudarte”.
Al día siguiente lo incineramos.
Poco a poco, fuimos volviendo a nuestras vidas, a pesar de ver cómo una persona joven abandonaba de una forma tan injusta este mundo.
Lo cierto es que las cosas empezaron a irme muy mal. Perdí el trabajo que tenía en una gran empresa y fui vagando de puesto en puesto, cada vez en empresas más pequeñas e insolventes hasta acabar en un paro duradero. Una vez que se me acabó el paro, estaba a punto incluso de perder la casa. La hipoteca era muy alta y mis ingresos cada vez más exiguos.
Entonces surgió una oportunidad estupenda. Tanto, que podía ser “la” oportunidad. Me ofrecían a través de una amistad un puesto de trabajo en un colegio bilingüe para enseñar en inglés. Había estudiado inglés desde los siete años, pero nunca lo había hablado. Conocía muy bien la gramática. Era capaz de escribir con cierta solvencia. Leía textos en inglés y conseguía traducirlos de forma simultánea, como si leyera un texto escrito en español. Pero no lo hablaba. La última torpe conversación en inglés debí de tenerla veinte años atrás. Desde entonces mi boca no había pronunciado palabras inglesas más que para mal cantar alguna canción. Sin embargo estaba tan necesitado del trabajo –un trabajo bien remunerado- que me lancé a tener una entrevista de empleo para la que sabía que no estaba preparado.
Me citaron a las seis y llegué con un ligero temblor de piernas y el deseo íntimo e intenso de salir corriendo, pero me forcé a seguir allí hasta el final. La negativa ya la tenía. ¿Qué podía perder, después de tanto fracaso, excepto lo poco que me quedaba de dignidad?
Silvia, una mujer de unos 45 años, comenzó por lo habitual; hablar del currículum, sondear algún aspecto personal... Por fin llegó el momento que tanto temía. Íbamos a charlar un poco en inglés. Empezó a describir –ya en inglés– la distribución de las clases y de los horarios. Y me preguntó por la disponibilidad de cumplir con esos turnos de trabajo.
Tragué saliva y comencé a hablar en un inglés absolutamente fluido, incluso con expresiones que no sabía que pudiera dominar. Fui de un tema a otro tema durante diez minutos sin que Silvia, mi interlocutora, dijera nada. Finalmente me felicitó.
–Es más, tiene usted un acento magnífico de Virginia, el lugar donde estudié cinco años. ¿Ha estudiado también en Virginia?
Me quedé anonadado. En un arranque de sinceridad reconocí que mi inglés era de escuela oficial de idiomas y gracias. Que estudié la carrera en España y que desconocía tener un acento de Virginia y, más aun, no sabía cómo podía llegar a tenerlo.
Silvia cogió un teléfono y llamó a un colega, un australiano, para pedirle opinión sobre mi acento. Thomas era un chaval alto y sonrosado. Me interpeló en inglés y le contesté con la misma fluidez con la que lo había hecho anteriormente.
Thomas lo admitió, era increíble pero mi acento era de Brisbane, el lugar de donde procedía y donde se había criado.
Por supuesto el trabajo fue mío y día tras día doy mi clase con acento de Cambridge, el más correcto a mi parecer.
Doy gracias a Enrique y a sus amigos anglófonos de allá arriba.


No hay comentarios:

Publicar un comentario